
En el artículo 21 del Estatuto que nos van a ofrecer, en el próximo plebiscito, nuestros próceres dice, entre otras lindezas, que “la enseñanza pública, conforme al carácter aconfesional del Estado, será laico”. También dice que los libros de texto en la enseñanza obligatoria en los centros sostenidos con fondos públicos serán gratis, es decir, traducido al lenguaje coloquial, que los pagaremos entre todos a través de los impuestos y que alguien se lo llevará calentito garantizando además que a su vez la libertad de enseñanza saldrá por la ventana ya que el Gran Hermano y el Ministerio de la Verdad nos adoctrinarán adecuadamente.
Pero no quiero referirme a los segundo sino a lo primero: la laicidad de la enseñanza. La enseñanza religiosa, o más bien el derecho a ella, pertenece al derecho natural. Pero también es un derecho positivo de los padres, que tienen la obligación sagrada de buscar el bien para sus hijos.
Así lo recogen distintas legislaciones, como:
- el artículo 26 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
- el artículo 13 del Pacto Internacional de Derechos Económicos Sociales y Culturales.
- el artículo 26 de la (extinta gracias a Zapatero) Constitución española.
- la sentencia del Tribunal Constitucional del 13 de Febrero de 1.981, que reconoce la correlación entre la enseñanza religiosa y la libertad de los padres para elegir el centro docente.
Por otro lado, en la Dignitatis Humanae leemos: “Corresponde a los padres el derecho a determinar la formación religiosa que se ha de dar a sus hijos según sus propias convicciones (….). El poder civil debe reconocer el derecho de los padres a elegir, con auténtica libertad, las escuelas u otros medios de educación sin ponerles, ni directa, ni indirectamente cargas injustas para esta libertad de elección”.
Además, la XXVI Asamblea Plenaria de la CEE nos advierte que “no corresponde al Estado, y menos cuando se asienta sobre bases democráticas, fijar por cuenta propia o por criterio alternante de su equipo de gobierno, el modelo educativo que ha de inspirar el sistema de enseñanza”.
Entonces, si las cosas están tan claras, ¿por qué hemos llegado a esta situación?. Seguramente porque muchos se han instalado en la molicie y en la vida muelle, no entendiendo por el contrario que la libertad es algo por lo que hay que luchar día a día. En definitiva han cambiado la libertad por tener la tripa llena.
Cuando se deja de luchar por los principios en los que se cree y fundan la vida, dejando de actuar virtuosamente, al final se adquieren comportamientos viciosos, en el sentido amplio de la palabra.
Y ahora se quiere hacer lo que antes no se hizo. Así nos luce el pelo.
Pero no quiero referirme a los segundo sino a lo primero: la laicidad de la enseñanza. La enseñanza religiosa, o más bien el derecho a ella, pertenece al derecho natural. Pero también es un derecho positivo de los padres, que tienen la obligación sagrada de buscar el bien para sus hijos.
Así lo recogen distintas legislaciones, como:
- el artículo 26 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
- el artículo 13 del Pacto Internacional de Derechos Económicos Sociales y Culturales.
- el artículo 26 de la (extinta gracias a Zapatero) Constitución española.
- la sentencia del Tribunal Constitucional del 13 de Febrero de 1.981, que reconoce la correlación entre la enseñanza religiosa y la libertad de los padres para elegir el centro docente.
Por otro lado, en la Dignitatis Humanae leemos: “Corresponde a los padres el derecho a determinar la formación religiosa que se ha de dar a sus hijos según sus propias convicciones (….). El poder civil debe reconocer el derecho de los padres a elegir, con auténtica libertad, las escuelas u otros medios de educación sin ponerles, ni directa, ni indirectamente cargas injustas para esta libertad de elección”.
Además, la XXVI Asamblea Plenaria de la CEE nos advierte que “no corresponde al Estado, y menos cuando se asienta sobre bases democráticas, fijar por cuenta propia o por criterio alternante de su equipo de gobierno, el modelo educativo que ha de inspirar el sistema de enseñanza”.
Entonces, si las cosas están tan claras, ¿por qué hemos llegado a esta situación?. Seguramente porque muchos se han instalado en la molicie y en la vida muelle, no entendiendo por el contrario que la libertad es algo por lo que hay que luchar día a día. En definitiva han cambiado la libertad por tener la tripa llena.
Cuando se deja de luchar por los principios en los que se cree y fundan la vida, dejando de actuar virtuosamente, al final se adquieren comportamientos viciosos, en el sentido amplio de la palabra.
Y ahora se quiere hacer lo que antes no se hizo. Así nos luce el pelo.