viernes, 1 de abril de 2011

No puedo acostumbrarme

Monseñor Nicolás Bux ha escrito un interesante libro - ¡ojalá lo veamos pronto traducido al español! -, llamado «Cómo ir a Misa y no perder la fe». Algo parecido me ocurre a mí, cuando voy a Misa a las Parroquias cercanas a mi casa. Se podría decir que en esas Misas, el prescriptivo rito del lavatorio de las manos antes del Orate Fratres, ha sido abrogado.

De todas formas, esto es una cuestión menor si lo comparamos cuando llega la hora de administrar la Comunión, entonces los fieles se acercan y reciben al Señor con las manos extendidas, depositando a continuación el Cuerpo de Cristo - si es que no la cogen antes –en la mano.

Lo que empezó como indulto hoy es costumbre. Y el caso es que ya se ve con total naturalidad. Pero, ¡es el Señor!.

Cuando el Presidente de cualquier Gobierno, va de visita a una ciudad, a inaugurar un monumento, o cualquier otra cosa, sin duda los que acuden a dicho acto se ponen sus mejores galas. Los invitados a una boda, van en traje; los novios incluso se visten de chaqué – no puede haber cosa más hortera que el don sin din -; sin embargo, cuando el que nos visita es el Rey de la Gloria, del cual no somos dignos, el pueblo fiel no duda en cogerlo en la mano. ¿Hay conciencia de a Quién se recibe?

A pesar de todo, pienso que no toda la culpa deba recaer sobre los sacerdotes. A pesar de las deficientes catequesis que hayan podido impartir, también los fieles tienen mucho de culpa. Si no, no hay explicación que esta manera de comulgar se haya extendido tan rápidamente, en el espacio y en el tiempo.

Yo, lo siento, pero no me acostumbro; es más, no me quiero acostumbrar. No quiero caer en la rutina, en ver cómo se ha degradado tanto la práctica de administrar y recibir al Señor.

El argumento de San Cirilo ya ha sido exhibido hasta la saciedad. Ahora bien, ¿es suficiente? ¿Es posible que se imponga el testimonio de un Padre de la Iglesia – destacando sólo lo que interesa, no el texto entero – sobre la práctica continuada durante siglos en la Iglesia? ¿Es posible dar un salto de varios siglos y orillar el desarrollo de la piedad sacramental en la Iglesia? No parece razonable desde luego.

Lo externo tiene que ser reflejo de lo interno. Y en la Eucaristía recibimos al Rey de la Gloria.

Ante ese Misterio, ¿cómo no caer de rodillas?