jueves, 28 de abril de 2011

¿Cómo se celebraba la Liturgia del Viernes Santo antes de la reforma de Pío XII? (I)

Si en el anterior artículo veíamos en un vídeo cómo la Iglesia Rusa celebra el Viernes Santo, hoy me gustaría hacer una aproximación a la que sería la Liturgia católica antes de la reforma del papa Pío XII. Intentemos recrear esa liturgia.

Lo primero que ha que decir que esta Liturgia se denominaba antaño como Viernes en Parasceve, no Viernes Santo. Es el primer cambio con el que nos encontramos y que se mantiene en nuestros días.



Empecemos por el altar. El altar aparece desnudo, más o menos como en la foto, adornado por una cruz velada - preferentemente con un paño negro aunque también puede ser violeta – y seis candelabros, tres a la siniestra y tres a la diestra de la cruz.

Tras la hora de Nona, el sacerdote y los ministros, revestidos con ornamentos negros, se acercan al altar, sin ciriales ni incienso, postrándose para orar durante unos instantes; los acólitos, de mientras, extienden sobre el altar un solo mantel de color blanco, mantel que no cubre el frontal de la Mesa de altar.



Empezamos por la primera parte de la Liturgia del Viernes in Parasceve: la Misa de los Catecúmenos. El celebrante y los ministros, tras besar el altar, pasan al lado de la Epístola. Entonces un lector canta, en el mismo sitio en que se lee la Epístola, la primera lección, sacada del profeta Oseas (Os 6, 1-6), a la que no se responde con el Deo grátias.

A continuación sigue la lectura de un Tracto (Hab 3), concluido el cual, el sacerdote dice: Orémus, el diácono Flectamus génua y el subdiácono Leváte.



A continuación el celebrante canta la oración colecta Deus, a quo et Judas (Oh Dios, de quien Judas recibió el debido castigo por su pecado y el buen ladrón el premio de su confesión…) y, en ese momento, el subdiacono se despoja de su casulla plegada y canta una segunda lección en tono de Epístola (Ex 12, 1-11). Una vez terminada la segunda lección se pasa al segundo Tracto, correspondiente al Salmo 139 (Ps 139, 2-10.14). Es muy interesante este Tracto porque el que habla es Cristo, acongojado, con la previsión de sus tormentos. Concluido el Tracto, los diáconos cantan la Pasión, mientras que el celebrante en voz baja, la lee en el lado de la Epístola. Tres diáconos cantan el Evangelio, como ocurría el Domingo (Pasión según San Mateo), Martes (Pasión según San Marcos) y Miércoles (Pasión según San Lucas).

Al finalizar la lectura de la Pasión, el Diácono se despoja de su casulla y la dobla sobre sus hombros o se pone el estolón. Entre las ceremonias entre las que se desarrolla el canto del Evangelio es que no hay bendición, aparte de las ya contadas más arriba.

Tras el Evangelio empieza la segunda parte de la Liturgia: las Oraciones.
El sacerdote de pie en el lado de la Epístola, extendidos y levantados los brazos, prosigue en actitud orante las plegarias por todo el mundo, ya que es un día santísimo de general perdón. Esta segunda parte de la Liturgia es un recuerdo de las preces que se rezaban en la Iglesia primitiva. Estas oraciones letánicas muestran que los efectos de la muerte del Señor alcanzan a todas las necesidades de la Iglesia y del género humano, incluida la previsión de la conversión del pueblo judío. El celebrante nos invita a orar (Oremus), mientras que el diácono nos invitará a arrodillarnos (Flectamus genua) y, finalmente, el subdiácono nos dirá cuando levantarnos (Leváte)



Sólo en la oración por los judíos, en recuerdo del ludibrio al que fue sometido el Señor por ellos y los soldados romanos, sus genuflexiones y escarnios, no se contesta a la oración del sacerdote diciendo Amén ni se dice a continuación Oremus ni Flectamus genua (no hay genuflexión).

Concluido este rito, los ministros vuelven a sus sedilias, donde el celebrante y el subdiácono se quitan sus casullas. Mientras tanto, una alfombra morada se coloca en las escaleras del altar y un almohadón con un filo dorado y cubierto con un velo se dispone para recibir la Cruz. El celebrante y el subdiácono permanecen delante del lado de la Epístola, mirando al pueblo, mientras que el diácono toma la Cruz del altar y la lleva hasta el celebrante. El sacerdote descubre la parte de la arriba de la Cruz y canta Ecce lignum Crucis, a los que responde el coro Venite Adoremus, mientra que todos, menos el preste, están arrodillados en actitud de adoración. Después, adelanta un poco y descubre el brazo derecho de la Cruz, la levanta más y en tono más alto vuelve a entonar el Ecce lignum Crucis. Tras repetir todo lo anterior, se descubre finalmente la Cruz y se vuelve a entonar el Ecce, mucho más alto.



A continuación, el celebrante coloca la Cruz en el sitio que hemos descrito un poco más arriba, delante del Altar, arrodillándose; luego se descalza, y va a adorar la cruz, haciendo tres genuflexiones antes de besarla. Después se calza y toma su casulla. Después se acercan los ministros, el clero y los seglares, haciendo también tres genuflexiones. Mientras dura la adoración, se cantan los improperios. El celebrante, sentado, lo lee con sus ministros.



Queda la Misa de los presantificados, que dejaré para el artículo siguiente.