miércoles, 13 de julio de 2011

Royo Marín, O.P.



No hace mucho, Olegario González de Cardedal, recibía el premio Ratzinger de teología.
Por lo visto, ese premio lo pueden recibir hasta los teólogos no católicos - ¿he dicho algo? -.

Según Camilo Ruini, , presidente del comité científico de la Fundación Vaticana Joseph Ratzinger-Benedicto XVI, «Olegario González de Cardedal no es sólo un gran teólogo, en las especialidades de teología dogmática y teología fundamental, sino también un insigne hombre de cultura, que representa un verdadero punto de referencia, especialmente en España». Pues vale.

Yo pienso como Aristóteles, que esto de los premios es superficial, «ya que parece que radica más en los que conceden los honores que en el honrado» (Ética a Nicómaco, 1095b, 25-26), así que allá el Cardenal y los curiales.

Al contrario de González de Cardenal, el padre Antonio Royo Marín, O.P., teólogo recio, de los de verdad, que tanto ha hecho por la formación de laicos, no recibió ningún premio.
Su teología es ortodoxa, no equívoca, lo que se percibe e intuye, por eso sus libros no dejan de editarse.

Libros como la Teología Moral para Seglares, Dios y su obra, Teología de la Salvación y Jesucristo y la vida cristiana, son escritos preciosos, enjundiosos, imprescindibles en la biblioteca de cualquier católico.

Sin embargo, su obra cumbre, por llamarlo de alguna manera, es su Teología de la Perfección Cristiana, un grandioso y enciclopédico libro de espiritualidad católica, que le mereció la alabanza del padre Garrigou Lagrange.

Es una pena que en España no haya una cátedra con su nombre. Y que no haya ningún epíscopo que reivindique la figura de este noble dominico.

Así que, ante tanta teología equívoca, y ya que nadie lo hace, esta humilde bitácora hace memoria, en estos tiempos atribulados, del padre Antonio Royo Marín, O.P., que seguro habrá recibio el premio de la gloria eterna.