jueves, 2 de junio de 2011

Vísperas de la Ascensión del Señor




Hubiera podido el Señor, unigénito y coeterno del Padre, en la forma de siervo y en cuanto siervo, si necesario fuera, orar en silencio; mas quiso aparecer como suplicante ante el Padre, acordándose de que era nuestro Maestro. Y así, la oración que hizo por nosotros nos la dio a conocer a nosotros, ya que no sólo las pláticas a ellos dirigidas por tan excelente Maestro, sino también su oración por ellos al Padre servía de edificación a los discípulos. Y si era de edificación para ellos, que la escuchaban, también había de serlo para nosotros, que la habíamos de leer escrita. Por tanto, al decir: Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo, manifestó que todos los tiempos, y cuando había de hacer o dejar de hacer algo, eran dispuestos por Aquel que no está sujeto al tiempo; porque todas las cosas que han de ser, cada cual en su tiempo propio, tienen su causa eficiente en la sabiduría de Dios, en la cual no existe el tiempo. No se crea, pues, que esta hora vino al acaso, sino por la ordenación de Dios. Como tampoco una fatal necesidad sideral determinó la pasión de Cristo, porque no se puede pensar que las estrellas forzasen a morir a Cristo, su Creador. No fue, pues, el tiempo el que impelió a Cristo a la muerte, sino que El determinó el tiempo en que había de morir, como determinó el tiempo en que había de nacer de una Virgen, juntamente con el Padre, del cual nació sin tiempo. Según esta verdadera y sana doctrina, dice asimismo el apóstol San Pablo: "Cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo"; y Dios por el Profeta: "Te he escuchado en el tiempo propicio, y en el día de la salvación te presté mi ayuda"; y otra vez el Apóstol: "Ahora es el tiempo aceptable, ahora es el día de salvación". Diga, pues: Padre, ha llegado la hora, quien con el Padre ha ordenado todas las horas, como diciendo: Padre, ha llegado la hora que conjuntamente hemos ordenado para glorificarme por y entre los hombres; glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique a ti.


Dicen algunos que la glorificación del Hijo por el Padre consistió en que no le perdonó y le entregó por todos nosotros. Luego, si fue glorificado en su pasión, ¿cuánto más en su resurrección? En la pasión aparece su humildad más bien que su claridad, como lo atestigua el Apóstol diciendo: "Se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz"; después, hablando ya de su glorificación, añade: "Por eso Dios le exaltó y le dio un nombre sobre todo nombre, a fin de que al nombre de Jesús se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los infiernos, y toda lengua confiese que el Señor Jesucristo está en la gloria de Dios Padre." Esta es la glorificación de Nuestro Señor Jesucristo, que comenzó con su resurrección.

Breviarium Romanum. Oficio de Maitines. Vísperas de la Asunción del Señor.

San Agustín, Comentarios al Evangelio de San Juan, Tratado 104. Obras Completas de San Agustín, Tomo XIV, ed. BAC, pp. 492 - 493.