lunes, 9 de mayo de 2011

Obispo Büchel: ordenación de mujeres y celibato

Declaraciones de Markus Büchel,obispo de St.Gall(Suiza)

-« Si bien no soy partidario de abolir la regla general,propongo que se pueda ser sacerdote,sin la obligatoriedad del celibato » (ver)

- « Uno bien puede imaginarse que el acceso de las mujeres al diaconado constituya un paso hacia su ordenación sacerdotal » (ver)





Ordenación de mujeres:

Por tanto, con el fin de alejar toda duda sobre una cuestión de gran importancia, que atañe a la misma constitución divina de la Iglesia, en virtud de mi ministerio de confirmar en la fe a los hermanos (cf. Lc 22,32), declaro que la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia.

Carta Apostólica Ordinatio Sacerdotalis, 4. Juan Pablo II.

Celibato (tres muestras):

c. 7, § 8) ... Porque hemos sabido que muchísimos sacerdotes de Cristo y levitas han procreado hijos después de largo tiempo de su consagración, no sólo de sus propias mujeres, sino de torpe unión y quieren defender su crimen con la excusa de que se lee en el Antiguo Testamento haberse concedido a los sacerdotes y ministros facultad de engendrar.

[Contra tal argumento el Papa opone:] (§ 9) ¿Por qué, el año de su turno, se manda a los sacerdotes habitar en el templo lejos de sus casas? Pues por la razón de que ni aun con sus mujeres tuvieran comercio carnal, a fin de que, brillando por la integridad de su conciencia, ofrecieran a Dios un don aceptable.

(§ 10) De ahí que también el Señor Jesús, habiéndonos ilustrado con su venida, protesta en su Evangelio que vino a cumplir la ley, no a destruirla [Mt 5, 17]. Y por eso quiso que la forma de la castidad de su Iglesia, de la que Él es esposo irradiara con esplendor, a fin de poderla hallar «sin mancha ni arruga» [Ef 5, 27]. Todos los levitas y sacerdotes estamos obligados por la indisoluble ley de estas sanciones, es decir que desde el día de nuestra ordenación, consagramos nuestros corazones y cuerpos a la sobriedad y castidad, para agradar en todo a nuestro Dios en los sacrificios que diariamente le ofrecemos.

Siricio Papa. Carta “Directa ad decessorem” al obispo Himerio de Tarragona (año 385), cánones 7-10. En: Denzinger, H. - Hünermann, P. El Magisterio de la Iglesia. Enchiridion Symbolorum, definitionum et declarationum de rebus fidei et morum. Barcelona; Editorial Herder 2000, 1era edición, n. 185.


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Notas
[1]. En este documento no se estableció por primera vez el precepto del celibato, sino que en él se presupone que este precepto estaba ya en rigor desde hacía algún tiempo en partes de la Iglesia occidental; cf. El Sínodo de Elvira, *118s.

75. Que en vosotros, pues, florezca con lozanía inmarcesible la castidad, que es el mejor ornato de nuestro sacerdocio, por cuyo fulgor el sacerdote, así como se hace semejante a los ángeles, así también aparece más digno de veneración al pueblo cristiano y más fecundo en frutos de santidad.

Pío X, San. Exhortación Apostólica “Haerent Animo”, Capítulo IV, n. 75. En: Esquerda Bifet, Juan. El sacerdocio hoy. Madrid; BAC 1983, 1era edición, p. 35.

C) Su castidad
Castidad en grado heroico
23. San Juan María Vianney, pobre de bienes, es también un ejemplo de voluntaria mortificación corporal. «No hay sino una manera de darse a Dios en el ejercicio de la renuncia y del sacrificio -decía-: darse uno enteramente»[1]. Y en toda su vida el santo Cura de Ars practicó en grado heroico la virtud de la castidad.

Ejemplo oportuno en los peligros actuales
24. Su ejemplo en este punto parece particularmente oportuno, porque en muchos lugares los sacerdotes se ven obligados a vivir, por razón de su ministerio, en un mundo donde reina una atmósfera de libertad excesiva y de sensualidad. Y para ellos es muy cierta la expresión de Santo Tomás: «Es más difícil vivir bien en la cura de almas a causa de los peligros exteriores»[2].

Incomprensión y aislamiento
25. Y, lo que es peor, muchos sacerdotes, con frecuencia, se sienten moralmente solos, poco comprendidos, recibiendo muy poca ayuda de los fieles a quienes han dedicado su vida. A todos ellos, y en particular a los más aislados y a los más expuestos al peligro, dirigimos un afectuoso llamamiento para que su vida entera sea un claro testimonio de aquella virtud que San Pío X llamaba «ornamento insigne de nuestro orden»[3].

La responsabilidad de los obispos
26. Os recomendamos con encarecida insistencia, venerables hermanos, que procuréis para vuestros sacerdotes, con todo vuestro empeño y a costa de cualquier sacrificio, condiciones de vida y de trabajo ministerial tales que puedan mantener incólume su entrega.

Obstáculos que se han de superar
27. Por lo tanto, debe combatirse a toda costa el peligro de aislamiento, denunciar las imprudencias, quitar las tentaciones del ocio o los riesgos de la actividad exagerada. Recordad también a este propósito las enseñanzas magníficas de nuestro predecesor en la encíclica Sacra virginitas[4].

El ejemplo del Cura de Ars
28. «La castidad brillaba en su mirada»[5], se ha dicho del Cura de Ars. En verdad, quien siga su vida se asombra no sólo del heroísmo con que este atleta de Cristo dominó su cuerpo encadenándolo[6], sino también por el acento de convicción con que logró atraer, tras su ejemplo, a multitud de sus penitentes. El conocía muy bien, a través de su larga práctica de confesonario, las tristes ruinas del pecado de la carne. «Si no fuera porque hay todavía algunas almas puras para aplacar a Dios -solía decir-... veríais cómo seríamos castigados». Y hablando por experiencia, añadía a su llamamiento un aliento de hermano: «¡La mortificación tiene un bálsamo y un gusto a los que no se puede renunciar cuando se ha probado!... ¡En este camino, lo que cuesta es sólo el primer paso!»[7].

Castidad y amor
29. Estos medios ascéticos necesarios para la castidad, lejos de encerrar al sacerdote en un egoísmo estéril, tornan su corazón más abierto y más pronto a todas las necesidades de sus hermanos. «Cuando el corazón es casto -decía muy bien el Cura de Ars-, no puede menos de amar, porque ha encontrado de nuevo la fuente del amor, que es Dios».

Beneficios en la sociedad
30. ¡Cuántos beneficios reporta a la sociedad el tener en su seno hombres que, libres de preocupaciones temporales, se consagran completamente al servicio divino y dedican a los propios hermanos su vida, su pensamiento, sus energías!

Los deseos del Corazón de Jesús
31. ¡Cuánta gracia atraen para la Iglesia los sacerdotes fieles a esta virtud excelsa! Con Pío XI, Nos la consideramos como la gloria más pura del sacerdocio católico, y «por lo que se refiere al alma sacerdotal, nos parece que responde de la manera más digna y conveniente a los designios y deseos del sacratísimo Corazón de Jesús»[8]. Pensaba el Cura de Ars en este designio del amor divino cuando exclamó: «El sacerdocio: he aquí el amor del Corazón de Jesús»[9].

Juan XXIII. Encíclica “Sacerdotii nostri primordia”, Capítulo I, nn. 23-31. En: Esquerda Bifet, Juan. El sacerdocio hoy. Madrid; BAC 1983, 1era edición, pp. 158-160.

¡Señor ven pronto!

Noticia: Catapulta.
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