viernes, 9 de febrero de 2007

ROUSSEAU, EL ABUELO DE TODOS LOS PROGRES.


Si tuviésemos que buscar los ascendentes de nuestros progres, todas las líneas genealógicas nos conducirían indefectiblemente a Rousseau (1.712 – 1.778).

El ginebrino es el autor del mito del buen salvaje, uno de los cuentos que más daño ha hecho al mundo. La importancia del concepto reside en que justifica la bondad de los salvajes precisamente porque no saben que lo son. No es el aumento de las luces ni el freno de la ley los que les impide hacer el mal, sino la calma natural de sus pasiones y la ignorancia del vicio. Así lo explica en su obra “El Discurso sobre las ciencias”.

Queda meridianamente claro que subyace una idea de bien reducido al ámbito de lo subjetivo y además con el buen salvaje, Rousseau establece una categoría filosófica que sirve para condenar la estructura histórica-social que ha apagado la pasión humana. La cultura, tal como se ha desarrollado en la historia, es la responsable de la perturbación de la naturaleza. Esto explica, a lo mejor, que nuestro filósofo abandonase a los cinco hijos que tuvo con su amante Teresa. En los 33 años que estuvo con ella, y según su propio testimonio, no sintió el menor rastro de amor por ella, “las necesidades sensuales que satisfice con ella eran primeramente sexuales y no tenían nada que ver con ella como individuo”

Pero la cosa no quedó aquí, sino que también la propiedad privada recibió su palito por parte de Rousseau. La propiedad es la responsable de la desigualdad existente, además de provocar la enemistad entre los hombres. Al contrario, en el mundo primitivo todo es de todos (si descontamos lo que pertenece al tirano, claro).

Vemos como se va configurando el pensamiento progre y como el mismo servirá para justificar en el futuro que se ocupen las casas vacías. Principalmente la de los trabajadores que las compran para sus hijos. Todavía no he visto ocupada la casa de un potentado, principalmente porque son de izquierdas.

Todavía nos quedan más descubrimientos realizados por Rousseau, como el de la voluntad general que, a raíz del Contrato Social, nos hará libres. Mediante la voluntad general, conducida hacia el bien común, el hombre al pensar en los demás, pensará en sí mismo. Bien ¿verdad?, pues esto no es todo. Con este pacto social se volatilizarán los problemas: no habrá nada privado; todo será público y, como diría cierta ministra, lo público no es de nadie.

La voluntad general se impondrá primando entonces lo político sobre lo moral. El individuo acaba por vaciarse. Para conseguir este fin, el pacto social exige que se eduque en este sentido, para que los hombres sesometan al criterio superior de la razón.

Tampoco la religión queda fuera del pacto social. Hay que lograr una religión que coincida con la naturaleza humana tamizada por la razón social. La religión tiene que estar al servicio de esta voluntad general. Por eso todos los elementos sobrenaturales de la religión – divinidad de Cristo, los milagros, los profetas – deben desaperecer.

¿Les suena?.

1 comentario:

gutiforever dijo...

Si Rousseau viviese hoy, sería viceconsejero,portavoz del gobierno o miembro del Consejo de PRISA.
Como si lo viera.