domingo, 25 de marzo de 2012

Homilía del Cardenal Amato en la Función del Septenario de la Macarena



Angelo Card. Amato, SDB

Ilustrísimo Señor Manuel García García, Hermano Mayor dela Real, Ilustre y Fervorosa Hermandad y Cofradía de Nazarenos de Nuestra Señora del Santo Rosario, Nuestro Padre Jesús dela Sentenciay María Santísima dela Esperanza Macarena,

Queridos hermanos y hermanas:

1. Es la segunda vez que vuelvo a Sevilla para celebrar a María Santísima dela EsperanzaMacarena.La primera visita fue en el mes de septiembre de 1995 (mil novecientos noventa y cinco), con ocasión de la celebración del IV Centenario dela Fundaciónde vuestra Hermandad, y hablé entonces de la misericordia dela Madrede Dios.

Les agradezco también esta vez su invitación. Vuelvo con gusto a vuestra ciudad, célebre por sus monumentos artísticos, pero ilustre también por sus Santos y Beatos, que han dado testimonio en la historia de la caridad de Cristo y de la verdad del Evangelio.

He aceptado la invitación a presidirla Solemne Eucaristía, en la conclusión del Septenario en honor de María Santísima dela EsperanzaMacarena, para agradecer ala VirgenMaríasu presencia maternal en la beatificación del 18 (diesiocho) de septiembre de 2010 (dos mil diez) de Madre María dela Purísima, séptima Superiora General de las Hermanas dela Compañíadela Cruz.

Fue un espectáculo emocionante e inolvidable ver el Estadio dela Cartuja transformarse en una magnífica catedral y acoger miles de Religiosas y de Fieles, para rezar y glorificar a una Religiosa que había sido testigo de la caridad de Cristo en vuestra ciudad, con un servicio humilde y constante para con los más pobres y necesitados.

La extraordinaria presenza dela Macarenaen el estadio quería indicar que la Beata María de la Purísima había aprendido de ella la noble lección evangélica de la ayuda desinteresada y concreta al prójimo pobre e indigente. Imitando ala Madrede Jesús, la nueva Beata había transformado su estancia en Sevilla en donación total de sus energías físicas y espirituales a los hermanos y a las hermanas indigentes, dando de comer a los hambrientos y de beber a los sedientos, visitando a los enfermos, consolando a los afligidos, sosteniendo a los vacilantes, devolviendo a todos la confianza y las ganas de vivir.

El día de la beatificación, los sevillanos se sorprendieron y se alegraron de ver ala Macarenacaminar por las calles de su ciudad. Erala Madrecelestial que visitaba a sus hijos, bendiciéndoles y animándoles con su presencia y su intercesión.

2. Esta peregrinación de María es el símbolo de la vida humana, que es un camino, un viaje en el mar, a menudo oscuro y tormentoso, de la historia. En esta navegación necesitamos estrellas que nos indiquen la ruta: «Las verdaderas estrellas de nuestra vida –dice el Papa Benedicto XVI (dieciséis) – son las personas que han sabido vivir rectamente. Ellas son luces de esperanza. Naturalmente, Jesucristo es la luz por antonomasia [...]. Pero para llegar a Él necesitamos también de luces cercanas – de personas que irradian luz que proviene de su luz y ofrecen así orientación para nuestro camino. Y ¿qué persona podría mejor que María ser para nosotros estrella de esperanza [...]?».[2]

Jamás una advocación mariana ha sido más actual que la de María estrella de esperanza. Hoy tenemos una gran necesidad de esperar. La realidad social nos lleva a menudo al pesimismo y a la desconfianza. Pero no nos debemos dejar envenenar por el pesimismo. La sabiduría de los clásicos exhortaba así: «Oh hombre, vive en la esperanza y aliméntate de la esperanza».[3]

La esperanza es el oxígeno de la existencia, porque infunde una actitud positiva, que se opone a la resignación, al desconsuelo, al desaliento, al desánimo. La esperanza pertenece a la identidad del ser humano. Sin esperanza, la existencia se encalla como un barco naufraga en las rocas: no se puede mover, no puede seguir su camino hacia la meta. El hombre tiene necesidad de esperanza, que da valor y dinamismo a la vida.

3. Donde a menudo las esperanzas humanas fracasan, la confianza en la providencia divina no fracasa nunca. Los Salmistas cantan frecuentemente la esperanza del hombre en la ayuda divina: «Tú eres, Señor, mi esperanza y mi confianza desde mi juventud» (Sal. 71, 5).

¿Por qué no debemos desesperar, por qué debemos tener confianza? Porque estamos en las manos sabias y misericordiosas de Dios nuestro creador y padre. Nuestra vida personal y comunitaria se puede comparar al banquete de una boda, en el que en un determinado momento falta el vino, es decir el entusiasmo y el gozo de vivir. La palabra de Dios nos lo asegura: en la fiesta de nuestra existencia, como en las bodas de Caná, participan también Jesús y María (Jn 2, 1). Y María, con su intuición maternal, se da cuenta enseguida de la falta de vino, de la situación de malestar y tristeza e invita a su Hijo divino a intervenir.Y Jesús hace su primer milagro, transformando el agua en vino bueno, oloroso y abundante. Así la fiesta de la vida continúa con serenidad.

Este es el significado de la esperanza: Jesús y María están aquí, a nuestro lado, en nuestra historia. En Caná, como en Sevilla como en todo el mundo, la fiesta de los nuevos esposos ve la presencia amorosa del Señor en la humanidad necesitada, enla Iglesia, en nuestras familias. Llamado porla MadreInmaculada, Jesús, que cambió el agua en vino, transforma nuestra desconfianza en esperanza, la aflicción en alegría, la carencia en abundancia.


4. Es, de hecho, Jesús, «nuestra esperanza» (cf. 1 Tim 1, 1), una «esperanza que no defrauda» (cf. Rm 5, 5), porque es respuesta no de las posibilidades del hombre, sino de la presencia operante y eficaz de Dios creador en la historia: es esta «la esperanza a la que habéis sido llamados» (cf. Ef 4, 4).

La esperanza cristiana es Cristo resucitado. Es Él quien nos hace entrar en «un cielo nuevo y una nueva tierra» (cf. Ap 21, 1); quien nos limpia las lágrimas de los ojos; quien elimina la muerte, el luto, el lamento y toda aflicción (cf. Ap 21, 4); quien nos sacia con los frutos del árbol de la vida (cf. Ap 22, 2); quien nos ilumina con el sol de su luz (cf. Ap 22, 5); quien nos da el agua de la vida eterna (cf. Ap 21, 17).

Antes del momento de la traición, Jesús había dicho a sus discípulos: «¡Ánimo! Yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33); «No se turbe vuestro corazón y no tengáis miedo» (Jn 14, 27).

La destinataria de esta exhortación no erala VirgenMaría, la mujer fuerte y fiel. Ante la cruz de su Hijo moribundo, ella meditó las palabras del Ángel en la anunciación: «No temas, María» (Lc 1, 30). Por esta firme confianza, recibió de Jesús la misión de convertirse en madre de todos los creyentes (Jn 19, 26-27), madre de la esperanza: «Dios te salve, Reina y madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra».

Los devotos de la Esperanza Macarena conocen bien esta misión maternal de María, enconmendando a ella anelos y súplicas. En el libro de firmas delBesamanos de la Virgen de la Esperanza se leen estas peticiones de los cofrades y devotos: «Desde que tenía 9 (nueve) años quise venir a Sevilla por ti, ahora tengo 28 (ventiocho) y no quiero separarme de ti, Señora de Sevilla». «Quítame el pan si quieres, quítame el aire, pero no me quites tu llanto y tu sonrisa. La Esperanza es el sueño del hombre despierto. Te quiero». «Madre, sin tu Esperanza no soy nada. Gracias por ser tuyo». «Este es el último año que besamos tu mano como novios. El año que viene, si tu Hijo quiere, seremos marido y mujer. Bendice nuestro matrimonio, madre nuestra de la Esperanza».[4] Son los corazones de los hijos que confían sus deseos y sus sueños ala Madre celestial.

5. Educados por Jesús y María, también nosotros estamos llamados a ser testigos de esperanza. No somos un pueblo sin esperanza. Decía un sabio monje cristiano que la esperanza difunde la fe en toda nuestra existencia, haciendo después madurar las flores y los frutos de la caridad.

Pero en concreto ¿cómo vivir y manifestar esta nuestra esperanza?La EsperanzaMacarenapodría sugerir tres actitudes marianas.

Ante todo hay que evitar tanto la desesperación como la presunción. La esperanza nos preserva del pesimismo, que considera insignificante y sin valor nuestra existencia. S. Cirilo de Jerusalén instruiba así a los cristianos de su tiempo: «¡No desesperemos de nosotros mismos, hermanos, no nos abandonemos y nos privemos de la esperanza! Es terrible no creer en una esperanza de conversión [...]. La serpiente se despoja de su vieja piel y nosotros ¿no deberíamos poder despojarnos del pecado? Un terreno lleno de zarzas, si se cultiva bien, se transforma y produce buenos frutos. Y ¿no tendríamos esperanza de nuestra salvación?»[5] La esperanza nos preserva también de la presunción, que cree poder resolver todo con únicamente con la fuerzas humanas.[6] Repitamos con el Salmista: «Tú eres, Señor, mi esperanza y mi confianza desde mi juventud» (Sal 71, 5).


En segundo lugar, estamos invitados a tener cotidianamente gestos de esperanza. La esperanza es como el amor. Tiene necesidad de manifestarse continuamente en gestos y en palabras. Pueden ser actitudes y palabras de paciencia, de tolerancia, de perdón, de consuelo.


En tercer lugar, hay que vivir con la firme esperanza de que caminamos hacia la patria celestial. La esperanza cristiana, de hecho, rasga la puerta oscura del tiempo, abriéndonos al sol de la vida eterna, al futuro de Dios, que no puede ser anulado por la vanidad terrena y que la misma muerte no puede destruir. Y justamente es esta esperanza de la vida eterna, que nos hace superar las ilusiones y las desilusiones cotidianas y que sostiene tantas pequeñas esperanzas de la vida. Decía S. Basilio: «¿Has recibido un ultraje? ¡Mira a la gloria reservada a tu perseverancia en el cielo! ¿Has sufrido un daño económico? ¡Ten fijos los ojos en las riquezas celestiales y en el tesoro que has ganado con las buenas obras! ¿Te han echado de tu patria? ¡Pero tu patria es la Jerusalén celestial! ¿Has perdido un hijo? Pero te quedan los ángeles con los que danzarás alrededor del trono de Dios y gozarás de una alegría eterna».[7]

6. Queridos hermanos, en la fiesta de María Santísima dela EsperanzaMacarena, renovemos nuestra esperanza, que es la medicina de nuestras aflicciones.

Queridos Hermanos y Hermanas dela EsperanzaMacarena, sois un gran ejército de 12.490 (doce mil cuatrocientos noventa) cofrades. Los jóvenes de hasta 25 (veinticinco) años forman la parte más numerosa dela Hermandad. Son 4.757 (cuatro mil setecientos cincuenta y siete), es decir el 38 (trenta y ocho) por ciento. Esto significa que vosotros dais a la Iglesia y a la sociedad un extraordinario mensaje positivo de esperanza y de juventud. Non solo con las oraciones sino también con las acciones, ayudando a los pobres con alimentos, ropa, medicinas; pagando las facturas de gas, luz y agua de las familias pobres; obrando tantas iniciativas de caridad. Vosotros sois mensajeros y anclas de esperanza en vuestra ciudad y en el mundo.

El verdadero trono dela Macarena es vuestro corazón bueno, generoso y acogedor. Vosotros sois la corona viva de María. Seguid siendo fieles a vuestra Regla. Seguid haciendo gloriosa a vuestra ciudad con vuestra presencia benéfica.

El Señor os bendiga y la Esperanza Macarena sea siempre vuestro escudo celestial contra todo mal.

Amén.


[1] Homilía pronunciada en Sevilla, el 18 de marzo de 2012, con ocasión dela Misa conclusiva del Septenario en honor de María Santísima dela Esperanza Macarena.


[2] Benedetto XVI, Enc. Spe salvi, n. 49.


[3] Euripides, Fragmento 826.


[4] Esperanza Macarena, III Época, n. 1, Sevilla 2011, p. 72-73.


[5] Catequesis, 2,5.


[6] STh II II q.19 a. 12, q.20 a.3.


[7] Homilía sobre la acción de gracias, 7.