martes, 10 de enero de 2012

La Tradición y las tradiciones (I)



Si se exceptúa a Tubinga y a las fuertes personalidades de los apologistas, para la mayor parte de los laicos y tradicionalistas, el campo de las ciencias religiosas aparece bastante desierto. Las escuelas romanas tomaron entonces el relvo de las Facultades suprimidos. El Colegio romano vuelve abrir sus puertas en 1824, con J. Perrone, como profesor de dogmática, rector y prefecto de estudios. Se puede hablar, desde entonces, de una teología romana de la Iglesia, y en un grado menor de una teología romana de la tradición. En cuanto a este último capítulo, el gran nombre que es J.B. Franzelin, profesor en Roma desde 1851 (+ 1886), cuyo De divina Traditione et Scriptura (1870) alcanza casi el valor de una obra clásica, ha determinado ampliamente la teología moderna.

Möhler había distinguido perfectamente, en la tradición, un aspecto objetivo y un aspecto subjetivo, pero había considerado a éste más bien como una recepción o participación, por la vida en la comunión de la Iglesia. Franzelin distingue la tradición en sentido objetivo y en sentido activo. En el sentido objetivo, la tradición consiste en un depósito de doctrinas o de instituciones, transmitido por los antiguos, y del que existen testimonios: los monumentos de la tradición. Ella puede ser, según su origen, divina, apostólica, o eclesiástica. En sentido activo, la tradición consiste en los actos de transmisión. En su sentido integral y acumulativo, que abarca los dos aspectos, la tradición es «doctrina fidei universa, quatenus sub assistentia Spiritus Sancti, in consensu custodum depositi et doctorum divinitus institutorum continua succesione conservatur, atque in professione et vita totius Ecclesiae sese exserit».

Esta definición indica ya que el sujeto u órgano de la tradición, comprendida en su sentido integral, no es el único magisterio jerárquico. Todo el cuerpo de fieles conserva el depósito junto con los obispos, mientras que los fieles, ya se los tome como comunidad o individualmente, no tienen ni el encargo ni el carisma de enseñar: una es la función de conservar, otra la de enseñar con autoridad. Esta doctrina fue igualmente subrayada por Perrone, al menos después de su contacto con Newman. Y lo fue todavía más por Scheeben, alumno de Franzelin y que, como él, distingue la conservación o la propagación de la tradición, que se lleva a cabo por todo el cuerpo, y su promulgación en forma de juicio que tiene fuerza de ley, que es el privilegio de la jerarquía. En el orden de la finalidad, la vida de la fe es lo primero; el carisma jerárquico está ordenado a ella como un ministerio. En el orden de los actos por los cuales se garantiza la infalibilidad a esta vida de fe, esta infalibilidad está asegurada, ante todo, al cuerpo de los pastores y, por él, al cuerpo entero de los fieles. Pero consagraremos un párrafo especial a la síntesis de Scheeben, que nos parece particularmente lograda

Si Franzelin ha sabido reconocer la parte que corresponde a los fieles en la conservación del depósito, ha insistido sobre todo en la transmisión de la tradición objetiva por el magisterio, al que atribuye el papel principal en la tradición activa. De su enseñanza, en todo caso, este es el aspecto que más se ha desarrollado después. Se ha conservado de él la identidad entre la tradición activa y la regla de fe en el sentido moderno de la palabra, es decir, el magisterio, concentrado éste hasta quedar casi absorbido en la instancia romana.

El Concilio Vaticano trabajó en el mismo sentido. También para él, la tradición era un depósdio encomendado a la guarda de la Iglesia. «Fidei doctrina tanquam divinum depositum Christi Sponsae tradita» (Sess. III, cap. 4 (D 1800); cf. nº 1798). Pero por «Iglesia» el Concilio entiende aquí, sobre todo el magisterio, e incluso el magisterio del Pontífice romano (Esto procede de D 1798, que emplea dos veces la palabra Ecclesia, de la sesión III, cap. 3, nº 1792, «quea in Verbo Dei scripto vel traditio continentur et ab Ecclesia sive sollemni juicio sive…»; de las Sess. IV, cap. 4, nº 1836, en que la custodia y la declaración del fidei depositum (confiado a la Esposa de cristo: nº 1800) son atribuidos a la Sede Apostólica, o Romanoos Pontifices. – Cf. León XIII, enc. Satis cognitum del 29 de junio de 1.896, D 1958. Sería preciso, sin embargo, no extender nuestra observación a la doctrina enseñada por el Concilio: ésta reconoce expresamente la infalibilidad de la «Ecclesia»). Observemos, asimismo, que al citar el decreto de Trento sobre los libros escritos y las tradiciones no escritas, el Concilio Vaticano sugiere la idea de dos fuentes paralelas y parciales, en una palabra, el partim…partim, no retenido por Trento, pero enseñado generalmente después por los teólogos, salvo por los de Tubinga.

La obra de Franzelin ha inspirado ampliamente los manuales modernos, que han tomado dos datos mayores: la noción de evolución o desarrollo dogmático, en adelante lograda en teología, y la extensión adquirida por el magisterio pontifical con el hecho de la definición (extra conciliar en cuanto al primero y tercero) de los tres nuevos dogmas: La Inmaculada Concepción de la Madre de Dios (1854), la Infalibilidad del Papa cuando como Pastor supremo en materia de fe y de costumbres (1870), la Asunción corporal de la Virgen María (1950). Sin embargo es necesario que todos los manuales acentúen de la misma manera los elementos integrantes de la idea de tradición.

Ives M. J. Congar, O.P. La Tradición y las tradiciones, tomo I. Capítulo VI: Tradición y magisterio desde el Concilio de Trengo a 1.950 . Tradición y magisterio viviente en la teología romana de Perrone (1824) a 1950. Ediciones «Dinor» - San Sebastián, 1964; pp. 324 - 327