jueves, 10 de marzo de 2011

Miércoles de Ceniza

Cuando ustedes ayunen, no pongan cara triste, como hacen los hipócritas, que desfiguran su rostro para que se note que ayunan. Les aseguro que con eso, ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno no sea conocido por los hombres, sino por tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. No acumulen tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los consumen, y los ladrones perforan las paredes y los roban. Acumulen, en cambio, tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que los consuma, ni ladrones que perforen y roben. Allí donde esté tu tesoro, estará también tu corazón. (Mat 6, 16 - 21)

Claro está aquí que estos preceptos tienden a dirigir toda nuestra atención a los goces interiores para que no nos conformemos con este siglo, buscando en lo exterior nuestra recompensa, y perdamos la promesa de bienaventuranza, tanto más segura y firme cuanto más interna, en virtud de la cual nos eligió Dios para ser conformes a la imagen de su Hijo.


Mas acerca de este punto ha de tenerse en cuenta especialmente que puede uno tener jactancia no solamente en el brillo y pompa, de los bienes temporales, sino también en el lastimoso desaliño, la cual es más peligrosa, porque, ocultándose bajo un manto de piedad, engaña con la apariencia de servir a Dios. En consecuencia, el que resplandece por el inmoderado cuidado de su cuerpo, el lujo de los vestidos y otros objetos materiales, fácilmente es convencido por las mismas cosas de que es partidario de las pompas del mundo y no puede engañar a nadie fingiendo una imagen de santidad aparente; más aquel que en la profesión de cristianismo con extraordinario desaseo y miseria hace que se fijen en él las miradas de los hombres, cuando no sufre estas cosas por necesidad, sino que las hace voluntariamente, por sus obras restantes puede conjeturarse si hace esto por menosprecio del adorno superfluo o por alguna oculta ambición; porque el Señor nos ordena que nos guardemos de los lobos disfrazados con piel de oveja diciéndonos: por sus frutos los conoceréis. En efecto, cuando en algunas pruebas se empezare a despojarles o a negarles aquellas mismas cosas que con este vestido habian conseguido o esperaban conseguir, entonces necesariamente aparecerá si es un lobo con piel de oveja o una oveja con su propia piel. Por tanto, el cristiano no debe acariciar las miradas de los hombres con ornatos superfluos por la razón de que los hipócritas usurpan también muchas veces el traje modesto y se contentan con lo estrictamente necesario para engañar a los incautos; porque la oveja no debe jamás dejar su piel, aunque alguna vez el lobo se encubra con ella.

Divinum Officium. Primera, segunda y tercera lectura del Oficio de Maitines.
Trad. Obras Completas San Agustín, ed. BAC, 1.954. Tomo XII. Sermón de la Montaña, XII, 40 - 41, pp. 935 - 936