viernes, 30 de diciembre de 2011

Josef Pieper: Una teoría de la fiesta



En comparación con la falsificación de una fiesta ya institucionalizada, mediante el sofoco producido por aditamentos seudofestivos, la creación de nueva planta, en virtud de una decisión parlamentaria, digamos, la feria ex senatusconsulto, la fiesta fundad por el mismo hombre, la fiesta, por tanto, artificial, es un hecho relativamente diáfano, aunque se trate en el fondo de una seudofiesta de cuya falsedad difícilmente se percata el afectado por ella. Ciertamente, todas las fiestas, en algún modo, están «hechas» por el hombre, que no sólo las celebra, son también las organiza. Todo lo empíricamente captable de una fiesta, incluso de las grandes y tradicionales, desde su fijación en un determinado día del calendario hasta la estructura concreta del sacrificio, de las ceremonias, de las procesiones, etc., todo eso es, indudablemente, «instalación humana». No obstante se mantiene en pie el principio de que la fiesta es un día «que hizo el Señor» (Ps., 117,24). Se mantiene en pie porque el hombre bien puede hacer la celebración, pero no lo que se celebra, el motivo y el fundamento por el que se celebra, el motivo y el fundamento pro el que se celebra. La felicidad de haber sido creado, la bondad esencial de las cosas, la participación en la vida divina, la victoria sobre la muerte, todos esos motivos de las grandes fiestas tradicionales son puro don. Dado que nadie puede regalarse a sí mismo una cosa, tampoco puede haber verdadera fiesta fundada única y exclusivamente por el hombre.

En cualquier punto de la Historia en que se encuentren fiestas artificiales puede adivinarse una evidencia humana muy peculiar; concretamente, la pretensión del hombre, sobre todo como comunidad política, de procurarse la propia salvación, así como también la del mundo. La apariencia de tal plenitud de poder puede provocarse siempre, suponiendo que la propaganda política se ocupe suficientemente de ello. Incluso puede mantenerla durante cierto tiempo. Precisamente ése es el terreno sobre el que la fiesta artificial puede prosperar e incluso desplegar una fascinación más o menos convincente, sobre todo cuando la fuerza armada de las seudoartes, de la diversión, de lo sensacional y de la ilusión manipulada contribuyen a ello y además, quizá, el gobernante ordena y controla la «espontánea alegría de la fiesta».

Una teoría de la fiesta, Josef Pieper, ed. Rialp, pp. 78-89

1 comentario:

Miles Dei dijo...

Vamos, que al desarrollo del pelagianismo encubierto le sigue consecuentemente la maximalización de la fiesta civil como estadio último de la gnosis cívica.

Por contra la sociedad europea nació conformada con el calendario cristiano que no es sino el verter al año civil el ciclo litúrgico.

Que cada uno saque sus consecuencias.