martes, 16 de junio de 2009

¿Estado de excepción?




Las fotos que se han hecho públicas de la celebración del Corpus Christi en la diócesis de Linz – aquella que se declaró en rebeldía por la elección de Gerhard Maria Wagner como Obispo auxiliar – muestran los estragos que ha hecho ese catolicismo que so capa del « espíritu del Concilio » han provocado un estado de alarma general en la Iglesia Católica.

El deán portando la custodia es la epítome de todos los abusos litúrgicos, el compendio y resumen de un estado en el que se encuentra la Iglesia actual y que el Papa Benedicto XVI está intentando doblarle el brazo, pero parece que hay diócesis que son incurables y que están pidiendo por caridad mano dura, porque al igual que la « Iglesia vive de la Eucaristía » (Ecclesia de Eucharistia 1) hay diócesis como la de Linz que están tomando su propia condenación, ya que como dice San Pablo, « quien come y bebe el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor (1 Cor 11, 27); pues el que come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propia condenación » (1 Cor 11,29).

Hay diócesis en las que es difícil reconocer la faz de la Iglesia Católica: se encuentran en estado de apostasía.

Aunque sea doloroso reconocerlo, nos encontramos en estado de excepción, donde la disidencia, la disputa, la creación litúrgica, la disolución moral y la resistencia a la autoridad papal se han convertido en verdaderos caracteres definitorios de muchos obispos (y de sus diócesis por extensión). ¿No hay acaso celebraciones del Sacrificio de la Misa que se parecen más a un culto protestante (como este, calvinista) que a una verdadera Eucaristía?

En la época en la que Newman había iniciado el camino que lo llevaría a Roma (circa 1.837), escribió lo siguiente sobre el estado de la Iglesia Anglicana:

La gran masa de gente educada se muestra de inmediato incómoda, impaciente e irritada, no simplemente incrédula, en cuanto se les ofrece una visión clara – para ellos desconocida – de la doctrina original y apostólica sobre algún tema religioso. Soportan que se les hable de investigaciones sobre los datos de la antigüedad cristiana, si van dirigidas a probar su escaza certeza o su falta de utilidad. Pero son intolerantes y vocingleros contra ellas cuando su objeto es rescatar y no destruir. Sancionan de ese modo una regla de filosofía escéptica que refutan prácticamente siempre que alaban a Newton o Cuvier.

Pueden en verdad aceptar una teoría categórica en otros campos del conocimiento, pero en teología mantienen que la creencia debe ser práctica. Consideran que un estudio sobre cuestiones de hecho en religión tiende a interferir con lo que imaginan ser su libertad cristiana. Se resisten a contemplar evidencias que disminuyan su derecho a pensar correcta o incorrectamente, según les plaza. No aceptan someterse a una versión de los temas tal que no les permita cambiar de mente a su gusto. Piensan que el bienestar en que todas las cuestiones permanezcan abiertas y en que no se exija a nadie una conducta determinada. Adoptan así la libertad que, en ira, otorgó Dios a su pueblo, una libertad para la espada, la peste y el hambre (Ier 34,17), el derecho a ser herejes o incrédulos.

Forjadores de Historia. Newman (1801 – 1890). José Morales Marín. Ed. Rialp. 1990, pp. 61-62.

Por desgracia, esta descripción es hoy aplicable de cabo a rabo a la Iglesia Católica. La unidad – que no uniformidad – que irradiaba hacia fuera la Iglesia, hoy queda opacada por sucesos como el de Linz.

La teología que hay detrás de esta Liturgia no es la « Fides quaerens intellectum », sino la fe particular – si es que a eso se le puede llamar fe – de los teólogos que mantienen esas ideas peregrinas.

Los efectos son devastadores: se acepta cualquier cambio, modificación, innovación es aceptado pasando por alto que también se está mutando la fe de la Iglesia, de manera que no se consigue el fin que pretenden los innovadores, esto es acercarse al hombre, sino que por el contrario, acaban alejando al hombre de Dios.

El final es Linz: un sacerdote portando ¿el Cuerpo de Cristo? con un pértiga. ¿Qué devoción pueden mostrar los fieles hacia la Eucaristía cuando ven al deán? ¿Qué queda realmente allí de la fe de la Iglesia?

Mientras, los pastores infestados bien del mismo virus, bien presos del qué dirán, dejan que estos energúmenos corrompan al Pueblo de Dios siendo en cierta manera copartícipes de estos desmanes ya que olvidan que la sucesión apostólica de la que participan, no quiere decir solamente que unos obispos se hayan ordenado sucesivamente sin interrupción a partir de los apóstoles, sino que supone también la transmisión fiel de la fe recibida de los apóstoles.

Abusos como el de Linz no se deben tolerar.

Hay que salir del estado de excepción.