miércoles, 19 de octubre de 2011
Usura
¿Han tenido la oportunidad de pedir un préstamo recientemente? Si han tenido la necesidad de pedir pasta a un banco, habrán comprobado con estupefacción las condiciones leoninas que están imponiendo en las operaciones financieras. Paradójicamente, los mismos que durante mucho tiempo se han dedicado a prestar pasta a diestro y siniestro, a todos los tiesos del mundo con el único objetivo de cobrar pingües beneficios por las cuentas de resultados y que, tras crear un agujero de padre y señor mío, han ido a papá Estado - ¡los mega-chupi-hiper-liberales! – para que solucione el problema en el cual tienen una gran parte de responsabilidad, una vez insufladas sus arcas con grandes masas de dinero de los contribuyentes, ahora imponen su ley a la hora de prestar el dinero de manera que, no sólo uno acaba pagando un 25 % o más del monto pedido sino que, si por fas o por nefas, se devuelve el dinero antes de tiempo te imponen una cláusula por la cual también cobran una comisión ¡por ser buen pagador! ¿Qué tal? Es la inversión del clásico «más vale pájaro en mano que ciento volando»: el banco prefiere que vuelen los pájaros antes que uno entre en la jaula seguro.
En los tiempos oscuros de la Edad Media, donde la sacrosanta libertad ilustrada no había hecho su aparición pero donde se podía azotar a un Rey injusto – hoy encarcelar a un político incorrupto es misión imposible, ya que además de sinvergüenzas son aforados -, la usura era condenada por la Iglesia. Hay que decir que faltaba, ciertamente, una concepción dinámica del préstamo, lo que impedía tratar la moneda como una mercancía más, pero eso no quita que la substancia de la doctrina moral subyacente no cambia por esta cuestión.
Pienso que nadie en su sano juicio negará que aquél que presta dinero, tenga derecho a una retribución, a un beneficio, por ese préstamo. Pero de ahí a los abusos a los que se ha llegado hoy en día hay un trecho. Las cargas que imponen los bancos hoy en día, serían impensables en el mundo antiguo, por los efectos contraproducentes que ocasionaría en la salud del usurero.
Estamos ante una doctrina que ha sido barrida del campo de la moral. Quizás porque se asume que nuestro irreal sistema económico, basado no en un patrón real que mida la riqueza de las naciones, como pueda ser el oro, o el trabajo como factor que intervenga en el precio de una mercancía, sino en meras expectativas – de ahí frases tales como que la economía es un estado de ánimo – y, queramos o no, el mundo se ha impuesto con tal fuerza que se asume que nada se puede hacer. Si no se lo creen pregunten a cualquier católico que piensa de la usura y verán que gracia.
Siendo las cosas así, por desgracia, esto no quita para que uno se tome estos desahogos y que deje estas breves reflexiones de un campesino de la Edad Media cabreado, como diría D. Nicolás Gómez Dávila.
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lunes, 17 de octubre de 2011
Sigue el debate en torno al Vaticano II
Artículo de Sandro Magister.
En Italia el debate intelectual está candente. En España estamos en otra cosa....
Concilio, obra en progreso. Pero hay quien cruza los brazos
El cardenal Cottier, el jurista Ceccanti, el teólogo Cantoni defienden la novedad del Vaticano II. Pero los lefebvrianos no ceden y los tradicionalistas acentúan las críticas. Los últimos desarrollos de una disputa ardiente
por Sandro Magister
ROMA, 17 de octubre de 2011 – La controversia sobre la interpretación del Concilio Vaticano II y sus cambios en el magisterio de la Iglesia ha registrado en estas semanas nuevos desarrollos, también a alto nivel.
El primero es el "Preámbulo doctrinal" que la Congregación para la Doctrina de la Fe ha entregado el pasado 14 de setiembre a los lefebvrianos de la cismática Fraternidad Sacerdotal San Pío X, como base para una reconciliación.
El texto del "Preámbulo" es secreto. Pero ha sido descrito así en el comunicado oficial que acompañó su entrega:
"Tal Preámbulo enuncia algunos principios doctrinales y criterios de interpretación de la doctrina católica, necesarios para garantizar la fidelidad al magisterio de la Iglesia y el 'sentire cum Ecclesia', dejando al mismo tiempo para una legítima discusión el estudio y la explicación teológica de expresiones individuales o formulaciones presentes en los documentos del Concilio Vaticano II y del magisterio posterior".
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Un segundo desarrollo es la intervención del cardenal Georges Cottier (en la foto) en la discusión en curso desde hace algunos meses en www.chiesa y en "Settimo cielo".
Cottier, de 89 años de edad, suizo, perteneciente a la Orden de los Dominicos, es teólogo emérito de la casa pontificia. Ha publicado su intervención en el último número de la revista internacional "30 Días".
Allí, él replica a la tesis sostenida en www.chiesa por el historiador Enrico Morini, según el cual con el Concilio Vaticano II la Iglesia ha querido volver a unirse con la tradición del primer milenio.
El cardenal Cottier alerta contra el pensamiento que el segundo milenio ha sido para la Iglesia un período de decadencia y de alejamiento del Evangelio.
Pero al mismo tiempo reconoce que el Vaticano II ha hecho bien en devolver su fuerza a la visión de la Iglesia que fue particularmente viva en el primer milenio: no como sujeto subsistente en sí, sino como reflejo de la luz de Cristo. Y traza las consecuencias concretas que se derivan de esa visión corregida.
El texto del cardenal Cottier se reproduce íntegramente en esta página, líneas más abajo.
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Un tercer desarrollo de la discusión remite a una tesis del Vaticano II particularmente discutida por los tradicionalistas: la de la libertad religiosa.
En efecto, hay una ruptura indudable entre las afirmaciones provenientes del Vaticano II y las anteriores condenas del liberalismo hechas por los Papas del siglo XIX.
Pero "detrás de esas condenas había en realidad un liberalismo específico, el estatal continental, con sus pretensiones de soberanía monista y absoluta, a la que se consideraba como restrictiva de la independencia necesaria para la misión de la Iglesia".
Mientras que, por el contrario, "la reconciliación práctica, llevada a cabo por el Vaticano II, se produce a través del pluralismo de otro modelo liberal, el anglosajón, que relativiza radicalmente las pretensiones del Estado hasta hacerlo no el monopolizador del bien común, sino una limitada realidad de oficinas públicas al servicio de la comunidad. Al desencuentro entre los dos exclusivismos siguió el encuentro bajo el signo del pluralismo".
Las citas ahora publicadas están extraídas de un ensayo que el profesor Stefano Ceccanti - docente de Derecho Público en la Universidad de Roma "La Sapienza" y senador del Partido Democrático - se apresta a publicar en la revista "Quaderni Costituzionali":
> Benedetto XVI a Westminster Hall e al Bundestag: l'elogio del costituzionalismo
En el ensayo, Ceccanti analiza los dos importantes discursos pronunciados por Benedicto XVI el pasado 22 de setiembre en el Parlamento Federal de Berlín y en 17 de setiembre de 2010 en Westminster Hall, para mostrar cómo ambos discursos "están en estrecha continuidad con la reconciliación operada por el Concilio".
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Un cuarto desarrollo es la publicación en Italia de este libro:
Pietro Cantoni, "Riforma nella continuità. Vaticano II e anticonciliarismo", Sugarco Edizioni, Milano, 2011.
El libro navega por los textos más controvertidos del Concilio Vaticano II, para mostrar que en ellos todos es legible y explicable a la luz de la tradición y de la gran teología de la Iglesia, incluido santo Tomás de Aquino.
El autor, el sacerdote Pietro Cantoni – luego de haber pasado algunos años de su juventud en Suiza, en la comunidad lefebvriana de Ecône, y de haberse retirado de allí – se formó en Roma, en la escuela de uno de los mayores maestros de la teología tomista: monseñor Brunero Gherardini.
Pero justamente las críticas de este libro se dirigen contra su maestro. Gherardini es uno de los "anticonciliares" que más está en la mira del autor.
En efecto, en sus últimos volúmenes, monseñor Gherardini ha anticipado serias reservas sobre la fidelidad a la Tradición de algunas afirmaciones del Concilio Concilio Vaticano II: en la constitución dogmática "Dei Verbum" sobre las fuentes de la fe, en el decreto "Unitatis redintegratio" sobre el ecumenismo y en la declaración "Dignitatis humanae" sobre la libertad religiosa.
"La Civiltà Cattolica", la revista de los jesuitas de Roma impresa con el control previo de la Secretaría de Estado vaticana, al reseñar en setiembre uno de sus libros ha reconocido en el anciano y competente teólogo una "sincera devoción a la Iglesia".
Pero esto no impide a Gherardini apuntar sus críticas mordaces contra el mismo Benedicto XVI, culpable, a su entender, de una exaltación del Concilio que "corta las alas del análisis crítico" e "impide mirar al Vaticano II con ojos más penetrantes y menos deslumbrantes".
Desde hace dos años Gherardini espera en vano del Papa lo que él le pidió en una "súplica" pública: someter a reexamen los documentos del Concilio y aclarar en forma definitoria y definitiva "si, en qué sentido y hasta qué punto" el Vaticano II está o no en continuidad con el anterior magisterio de la Iglesia.
Para marzo del 2012 ha anunciado la publicación de un nuevo libro suyo sobre el Concilio Vaticano II, que se prevé todavía más crítico que los anteriores.
En cuanto al libro de Pietro Cantoni, se encuentra más abajo en esta página un comentario hecho por Francesco Arzillo, luego del artículo del cardenal Cottier.
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Otra novedad es el premio Acqui Storia que será asignado el próximo 22 de octubre a Roberto de Mattei por el volumen "Il Concilio Vaticano II. Una storia mai scritta", editado por Lindau y del que www.chiesa ha hecho referencia en su momento.
El premio Acqui es uno de los más prestigiosos, en el campo de los estudios históricos. El jurado que ha decidido conferirlo a de Mattei está compuesto por expertos de distintas orientaciones, católicos y no católicos.
Pero su presidente, el profesor Guido Pescosolido, de la Universidad de Roma "La Sapienza", ha renunciado al cargo justamente para apartarse de esta decisión.
A juicio del profesor Pescosolido, el libro de de Mattei estaría viciado por un espíritu militante anticonciliar, incompatible con los cánones de la historiografía científica.
En apoyo del profesor Pescosolido ha presentado un comunicado la SISSCO, Sociedad para el Estudio de la Historia Contemporánea, presidida por el profesor Agostino Giovagnoli, máximo exponente de la comunidad de San Egidio, y con otro exponente de la misma comunidad en el consejo directivo, el profesor Adriano Roccucci.
Y en el "Corriere della Sera", el profesor Alberto Melloni – co autor de otra famosa historia del Vaticano II, también ella seguramente "militante" pero en el ámbito progresista, producida por la "escuela de Boloña", de don Giuseppe Dossetti y Giuseppe Alberigo y traducida en más idiomas – ha directamente vapuleado a de Mattei. A pesar que le reconoce haber enriquecido la reconstrucción de la historia del Concilio con documentos inéditos, el autor ha equiparado el libro a "tanta folletería anticonciliar", que no merece consideración alguna.
En comparación, la calma con la que el profesor de Mattei ha soportado similares afrentas ha sido para todos una lección de estilo.
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Por último, siempre en la línea interpretativa de monseñor Gherardini y del profesor de Mattei, ha salido a la venta el 7 de octubre en Italia otro libro que identifica ya en el Concilio Vaticano II los fracasos que salieron a la luz en el post-concilio:
Alessandro Gnocchi, Mario Palmaro, "La Bella addormentata. Perché col Vaticano II la Chiesa è entrata in crisi. Perché si risveglierà", Vallecchi, Firenze, 2011.
Los dos autores no son ni historiadores ni teólogos, pero sostienen sus tesis en forma competente y con eficacia comunicativa, para una platea de lectores más amplia que la reunida por los especialistas.
En la orilla opuesta respecto a la tradicionalista, también el teólogo Carlo Molari ha ampliado el ámbito de la discusión, en una serie de artículos en la revista "La Rocca", de la Pro Civitate Christiana de Asís, en los que ha retomado y discutido las intervenciones aparecidas en www.chiesa y en "Settimo cielo".
También gracias a ellos es entonces previsible que la controversia sobre el Vaticano II se extienda a un público más numeroso, justamente en la vigilia de los cincuenta años de la apertura de la gran asamblea, en el año 2012.
Para la ocasión, desde el 3 al 6 de octubre del año próximo, el Comité Pontificio de Ciencias Históricas tiene en carpeta un congreso de estudio sobre el modo en que los obispos que participaron en el Concilio lo describieron en sus diarios y archivos personales.
Y el 11 de octubre del 2012, día aniversario de la apertura del Concilio, comenzará un especial “año de la fe”, que terminará el 24 de noviembre del año siguiente, solemnidad de Cristo Rey del Universo. Benedicto XVI lo anunció el 16 de octubre, en la homilía de la Misa celebrada por él en la basílica de San Pedro, con miles de anunciadores dispuestos a trabajar por la "nueva evangelización":
> "Porta fidei"
__________
ESA PERCEPCIÓN DE LA IGLESIA COMO "LUZ REFLEJA" QUE UNE A LOS PADRES DEL PRIMER MILENIO Y AL CONCILIO VATICANO II
por Georges Cottier
En el ya cercano 2012 se cumplirán los cincuenta años del comienzo del Concilio Vaticano II. Medio siglo después, lo que fue un acontecimiento mayor de la vida de la Iglesia sigue suscitando debates –que probablemente se intensificarán en los próximos meses– sobre cuál es la interpretación más adecuada de aquella asamblea conciliar.
Las disputas de carácter hermenéutico, por supuesto importantes, corren el riesgo, sin embargo, de convertirse en controversias para entendidos. Mientras que a todo el mundo le puede interesar, sobre todo en el momento actual, redescubrir la fuente inspiradora que animó al Concilio Vaticano II.
La respuesta más común reconoce que lo que impulsaba el acontecimiento era el deseo de renovar la vida interior de la Iglesia y también adaptar su disciplina a las nuevas exigencias para volver a proponer con nuevo vigor su misión en el mundo actual, atenta en la fe a los "signos de los tiempos". Pero para ir más a fondo, hay que comprender cuál era el rostro más íntimo de la Iglesia que el Concilio se proponía confesar y presentar al mundo en su intento de actualización.
El título y las primeras líneas de la constitución dogmática conciliar "Lumen gentium", dedicada a la Iglesia, son iluminadores por su claridad y sencillez: "Cristo es la luz de los pueblos. Por ello este sacrosanto Sínodo, reunido en el Espíritu Santo, desea ardientemente iluminar a todos los hombres, anunciando el Evangelio a toda criatura con la claridad de Cristo, que resplandece sobre la faz de la Iglesia". En las primeras palabras de su documento más importante, el último Concilio reconoce que el punto fontal de la Iglesia no es la Iglesia misma, sino la presencia viva de Cristo que edifica personalmente la Iglesia. La luz que es Cristo se refleja como en un espejo en la Iglesia.
La conciencia de este dato elemental (la Iglesia es el reflejo en el mundo de la presencia y de la acción de Cristo) ilumina todo lo que el último Concilio dijo sobre la Iglesia. El teólogo belga Gérard Philips, que fue el principal redactor de la constitución "Lumen gentium", evidenció precisamente este dato al principio de su monumental comentario al texto conciliar.
Según él, "la constitución sobre la Iglesia adopta desde el principio la perspectiva cristocéntrica, perspectiva que se afirma con fuerza durante toda la exposición. La Iglesia está profundamente convencida de ello: la luz de los pueblos no se irradia de ella, sino de su divino Fundador: también, la Iglesia sabe muy bien que, reflejándose en su rostro, esta irradiación llega a la humanidad entera". Una mirada en perspectiva mantenida hasta las últimas líneas del mismo comentario, en las que Philips repetía que "no es cometido nuestro profetizar sobre el futuro de la Iglesia, sobre sus fracasos y desarrollo. El futuro de esta Iglesia, a la que Dios ha querido hacer reflejo de Cristo, Luz de los Pueblos, está en sus manos".
La percepción de la Iglesia como reflejo de la luz de Cristo une el Concilio Vaticano II con los Padres de la Iglesia, que desde los primeros siglos recurrieron a la imagen del "mysterium lunae", el misterio de la luna, para sugerir cuál era la naturaleza de la Iglesia y la acción que le conviene. Como la luna, "la Iglesia no brilla con luz propia, sino con la luz de Cristo" ("fulget Ecclesia non suo sed Christi lumine"), dice san Ambrosio. Mientras que para Cirilo de Alejandría "la Iglesia está penetrada por la luz divina de Cristo, que es la única luz en el reino de las almas. Existe, pues, solo una luz: en esta única luz resplandece también la Iglesia, que, sin embargo, no es Cristo mismo".
En este sentido, merece atención la intervención que el historiador Enrico Morini hizo recientemente en la página web www.chiesa.espressonline.it que dirige Sandro Magister.
Según Morini – que es profesor de Historia del cristianismo y de las Iglesias de la Universidad de Bolonia – el Concilio Vaticano II se mantuvo "en la perspectiva de la más absoluta continuidad con la tradición del primer milenio, según una periodización no puramente matemática sino esencial, al ser el primer milenio de historia de la Iglesia el de la Iglesia de los siete Concilios, todavía indivisa […]. Al promover la renovación de la Iglesia el Concilio no ha intentado introducir algo nuevo – como respectivamente desean y temen progresistas y conservadores – sino volver a lo que se había perdido".
La observación puede crear equívocos, si se confunde con el mito historiográfico que ve la historia de la Iglesia como una progresiva decadencia y un alejamiento creciente de Cristo y del Evangelio. Tampoco pueden acreditarse contraposiciones artificiosas según las cuales el desarrollo dogmático del segundo milenio no estaría conforme con la Tradición compartida durante el primer milenio por la Iglesia indivisa. Como ha puesto de manifiesto el cardenal Charles Journet, apoyándose también en el beato John Henry Newman y en su ensayo sobre el desarrollo del dogma, el "depositum" que hemos heredado no es un depósito muerto, sino un depósito vivo. Y todo lo que está vivo se mantiene en vida desarrollándose.
Al mismo tiempo, hay que reconocer como dato objetivo la correspondencia entre la percepción de la Iglesia expresada en la "Lumen gentium" y la ya compartida en los primeros siglos del cristianismo. La Iglesia no se presupone como un sujeto en sí mismo, preestablecido. La Iglesia da por sentado que su presencia en el mundo florece y permanece como reconocimiento de la presencia y de la acción de Cristo.
A veces, incluso en nuestra más reciente actualidad eclesial, esta percepción del punto fontal de la Iglesia parece ofuscarse para muchos cristianos, y parece darse una especie de vuelco: de ser reflejo de la presencia de Cristo (que con el don de su Espíritu edifica la Iglesia) se pasa a percibir la Iglesia como una rea lidad material e idealmente dedicada a atestiguar y realizar por sí misma su presencia en la historia.
De este segundo modelo de percepción de la naturaleza de la Iglesia, no conforme con la fe, se desprenden consecuencias concretas.
Si, como debe ser, la Iglesia se percibe en el mundo como reflejo de la presencia de Cristo, el anuncio del Evangelio no puede hacerse más que en el diálogo y en la libertad, renunciando a cualquier medio de coer ción, ya sea material o espiritual. Es el camino que marcó Pablo VI en su primera encíclica "Ecclesiam suam", publicada en 1964, que expresa perfectamente la mirada sobre la Iglesia propia del Concilio.
También la mirada que el Concilio ha dirigido a las divisiones entre los cristianos y luego a los creyentes de las otras religiones, reflejaba la misma percepción de la Iglesia. Así, pues, también la petición de perdón por las culpas de los cristianos, que causó asombro y debates en el cuerpo eclesial cuando la presentó Juan Pablo II, es perfectamente conforme con la conciencia de Iglesia descrita hasta aquí. La Iglesia pide perdón no siguiendo modas de honorabilidad mundana, sino porque reconoce que los pecados de sus hijos ofuscan la luz de Cristo que ella está llamada a reflejar sobre su rostro. Todos sus hijos son pecadores llamados por la acción de la gracia a la santidad. Una santificación que es siempre un don de la misericordia de Dios, el cual desea que ningún pecador –por muy horrible que sea su pecado– sea atrapado por el maligno en el camino de la perdición. Así se comprende la fórmula del cardenal Journet: la Iglesia es sin pecado, pero no sin pecadores.
La referencia a la verdadera naturaleza de la Iglesia como reflejo de la luz de Cristo tiene también implicaciones pastorales inmediatas. Por desgracia, en el contexto actual, se verifica la tendencia de algu- nos obispos a ejercer su magisterio mediante declaraciones por vía mediática, en las que dan prescripciones, instrucciones e indicaciones sobre lo que tienen o no tienen que hacer los cristianos. Como si la presencia de los cristianos en el mundo fuera el resultado de estrategias y prescripciones y no surgiera de la fe, es decir, del reconocimiento de la presencia de Cristo y de su mensaje.
Quizás, en el mundo actual, sería más sencillo y confortante para todos poder escuchar a pastores que hablan a todos sin dar por supuesta la fe. Como reconoció Benedicto XVI durante su homilía en Lisboa el 11 de mayo de 2010, "con frecuencia nos preocupamos afanosamente por las consecuencias sociales, culturales y políticas de la fe, dando por descontado que hay fe, lo cual, lamentablemente, es cada vez menos realista".
(Traducción en español de "30 Días")
__________
UN BUEN LIBRO Y DOS CATECISMOS PARA COMPARAR
por Francesco Arzillo
La publicación del libro de Pietro Cantoni, "Riforma nella continuità. Vaticano II e anticonciliarismo", es un acontecimiento que merece ser señalado favorablemente. Se trata, en efecto, de un ejemplo de riguroso ejercicio de una hermenéutica de la continuidad: óptima medicina para la enfermedad representada por la polarización activa en la opinión pública eclesial, como resulta sobre todo de los debates mediáticos alimentados por minorías "comprometidas" pero muy poco presentes en la vida de los católicos parroquiales medios, o sea, por la gran mayoría de los fieles.
El lector no teólogo está guiado por Cantoni en la lectura de algunos de los más célebres entre los pasajes controvertidos de los textos del Concilio, para descubrir por último que en ellos no hay nada que no sea legible y explicable a la luz de la Tradición y de la gran teología de la Iglesia, incluido santo Tomás de Aquino.
Produce un disgusto detectar que esta actitud pueda ser interpretada por algunos como una especie de defensa a priori del Vaticano II, la cual prejuzgaría el justo esfuerzo contra las exasperaciones y los fracasos de una parte de la teología y de las praxis postconciliares.
¿Pero entonces cómo podría un católico no defender un Concilio ecuménico? ¿Sobre cuál fuente teológica o magisterial podría apoyarse una actitud similar? ¿Podría un católico seleccionar las enseñanzas de los pastores eligiendo una flor tras otra en razón de la propia sensibilidad y de las propias tendencias culturales y religiosas?
El gran trayecto del Concilio Vaticano II espera todavía ser explorado a fondo en su riqueza pluriforme, que por cierto plantea problemas interpretativos, pero también suscita esperanzas y estímulos hacia una siempre mejor comprensión del misterio de la fe cristiana.
¿Pero cuál es el rol del simple fiel en todo esto? Ciertamente no se puede pretender que él se inscriba en uno de los partidos teológico-litúrgico-eclesial presentes en la plaza, compartiendo las idiosincracias y los supuestos muchas veces unilaterales y apriorísticos.
Ni tampoco se puede razonablemente esperar que el simple fiel sea conducido, por ejemplo, a subestimar la Misa de Pablo VI respecto a la Misa de san Pío V, o viceversa; o a subestimar a santa Edith Stein respecto a santa Teresa de Ávila, o viceversa. Esto significaría privar a la Iglesia de la dimensión extendida en los siglos por la catolicidad y secundar la concepción cripto-apocalíptica de la ruptura que se habría verificado en la edad moderna (cualquiera sea la datación y la lectura, positiva o negativa, que se quiera dar de esa ruptura).
Sobre todo el mundo tradicionalista parece no darse cuenta del hecho que la adhesión – aunque sea en la forma del contraste – a la concepción de la modernidad como ruptura representa una forma evidente de subordinación ideológica al adversario, del que se termina aceptando el supuesto de partida.
Quiero sugerir en este sentido un ejercicio también más simple que el reservado a los teólogos. Sugerimos leer, por ejemplo, al menos alguna parte del Catecismo de san Pío X en paralelo con el "Compendio" de Benedicto XVI.
Una lectura de este tipo lleva a descubrimientos que entusiasman. Hace ver bien no sólo cómo entre los dos catecismos no hay contradicción alguna, sino cómo los respectivos datos se iluminan unos a otros en un enriquecimiento circular pero no autorreferencial, porque está orientado al referente último: el Misterio Santo en su realidad objetiva y trascendente.
Es obvio que esto no significa no ver los problemas – también graves – del tiempo presente, entre los cuales también está el problema de las carencias epistemológicas y de contenido de las teologías más difundidas (argumento éste que será objeto de un examen profundo en un libro del filósofo don Antonio Livi, de próxima publicación).
Pero sí significa ver estos problemas en su justa luz, es decir, en última instancia verlos en el Espíritu que anima a la Iglesia madre y maestra y que no ha dejado de sostenerla también en la época contemporánea: el Espíritu de Jesucristo, el cual está con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo (Mt 28, 20).
Comentario de Gherardini a las críticas de Cantoni (aquí); entrevista a Gnocchi y Palmaro sobre su nuevo libro (aquí) - si algún lector fuese tan caritativo como para traducirlo, quedaría enormemente agradecido -.
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sábado, 15 de octubre de 2011
El abrazo de Sor Verónica
Son las nuevas formas. De clarisa a communionista – o como se diga -. De beso del anillo al abrazo. Todo sea por lo moderno.
¿Y el daño? Porque el Papa es el Vicario de Cristo, no un colega. Es el igualitarismo mundano postmoderno, llevado a la Iglesia. Lo que sucede, lo que pasa, es que tras tantos años de demolición eclesial, estas cosas pasan a segundo plano, a ser un aspecto sin importancia. Ya tenemos el cuerpo hecho. Sin embargo, no deja de ser grosero.
Cosas de la Nueva Evangelización.
viernes, 14 de octubre de 2011
Iglesia Inc.
Los obispos españoles viven en plena contradicción. Sólo hace falta escucharlos hablar de lo mal que está la sociedad y de la secularización de la Iglesia para, a continuación, contrastar las palabras con las medidas tomadas para remediar dicha situación.
Un ejemplo lo tenemos en las catequesis.
Los libros son deleznables - siendo benevolentes -. Les expongo el caso del libro que se usa en el colegio de mi hijo, en el segundo año de catequesis. El volumen es de la editorial San Pablo y se titula «Jesús nos quiere». Aparte de lo histriónico que resulta pintar al Señor con una túnica blanda adornada de una gran J en el pecho, como si fuese el Hombre de Acero, presten atención sobre lo que dicen del Señor resucitado:
A Jesús resucitado lo podemos reconocer:¿Qué tal? Nada de la presencia real y sustancial de Cristo en la Eucaristía. En la Eucaristía está Cristo, con su cuerpo, sangre, alma y divinidad.
· en la Iglesia.
· en los sacramentos.
· en la Palabra de Dios.
· cuando hacemos el bien.
· porque él ha vencido el mal y la muerte.
Ese libro cuenta con el imprimatur de D. Francisco Conesa Ferrer, Vicario General del obispado de Orihuela – Alicante. Además, es un material complementario al nuevo Catecismo de la CEE, Jesús es el Señor. Habría que decir que, para este sacerdote, un niño de 8 años no está preparado para saber que Cristo está presente en la Eucaristía.
Asistimos no sólo al colapso de la transmisión de la fe, sino de la fe misma. Y todo ello con el beneplácito de los obispos. De ahí que sea legítimo preguntarse el porqué se quejan tantos nuestros monseñores.
Los obispos presentan la tendencia cada vez más acuciada de parecerse a los managers de empresas. Ellos están para los grandes eventos, como las JMJ, los planes pastorales, etc. La realidad no va con ellos.
Son los gestores de la Iglesia Inc.
¡Señor ven pronto!
jueves, 6 de octubre de 2011
Oraciones
Mañana, día de la Virgen del Rosario, los superiores de la FSSPX se reunirán en Albano hasta el día 8, para tratar el documento ofrecido por el Cardenal Levada.
Encomendemos a Nuestra Señora para que todo este proceso iniciado por S.S. Benedicto XVI llegue a buen fin.
Oremus!
miércoles, 5 de octubre de 2011
Mejoramiento social
Continuando con el tema de ayer, las declaraciones de Rouco mostrando su confianza en un aumento de las vocaciones sacerdotales y matrimoniales gracias a una evolución social, cabe preguntarse cuáles son el origen de tales opiniones. Lo mejor será buscar en Rousseau, el triunfador de triunfadores ilustrados.
Rousseau pensaba que el hombre es naturalmente bueno, es la sociedad quién lo pervierte. En Rousseau el amor del individuo a sí mismo es siempre bueno, fuera de la intervención de la sociedad.
Santo Tomás de Aquino enseña, por otro lado, que el hombre es una mezcla de bondad natural nacida de Dios y de pecado, que tiene su origen en la deficiencia del hombre. El amor a sí mismo, aunque bueno, está viciado en sí mismo por el egoísmo. Por ende, el amor a sí mismo tiene necesidad de una purificación cuyo principio no es otro que el sometimiento al juicio de Dios, «a su luz de verdad, y por la confesión de la falta, que opera la conversión por la acción de la gracia», como explica Pinckaers.
También la sociedad presenta esta mezcla de vicio y virtud. Virtud en cuanto tiene su origen en la inclinación natural buena que tiende a crear la amistad entre los hombres; vicio en cuanto el pecado del hombre se prolifera por la multiplicación de las relaciones con sus congéneres. De ahí que la sociedad, como el hombre, necesite de una purificación y una conversión.
¿Puede una sociedad viciosa, de estructuras viciosas, desarrollarse naturalmente hacia una sociedad virtuosa? No. Es como si el hombre quisiese salir del estado de pecado por sus propios medios.
El cardenal de Madrid no es un roussoniano, sin embargo padece, como muchos otros hombres de Iglesia, el mismo defecto de aceptar un lenguaje moderno sin crítica.
Rousseau pensaba que el hombre es naturalmente bueno, es la sociedad quién lo pervierte. En Rousseau el amor del individuo a sí mismo es siempre bueno, fuera de la intervención de la sociedad.
Santo Tomás de Aquino enseña, por otro lado, que el hombre es una mezcla de bondad natural nacida de Dios y de pecado, que tiene su origen en la deficiencia del hombre. El amor a sí mismo, aunque bueno, está viciado en sí mismo por el egoísmo. Por ende, el amor a sí mismo tiene necesidad de una purificación cuyo principio no es otro que el sometimiento al juicio de Dios, «a su luz de verdad, y por la confesión de la falta, que opera la conversión por la acción de la gracia», como explica Pinckaers.
También la sociedad presenta esta mezcla de vicio y virtud. Virtud en cuanto tiene su origen en la inclinación natural buena que tiende a crear la amistad entre los hombres; vicio en cuanto el pecado del hombre se prolifera por la multiplicación de las relaciones con sus congéneres. De ahí que la sociedad, como el hombre, necesite de una purificación y una conversión.
¿Puede una sociedad viciosa, de estructuras viciosas, desarrollarse naturalmente hacia una sociedad virtuosa? No. Es como si el hombre quisiese salir del estado de pecado por sus propios medios.
El cardenal de Madrid no es un roussoniano, sin embargo padece, como muchos otros hombres de Iglesia, el mismo defecto de aceptar un lenguaje moderno sin crítica.
Rouco: entre la realidad y el deseo
En la novela de Huxley, Un mundo feliz, los personajes de la distopía consumen el soma, una droga con la que se evaden de las penas. En la Iglesia actual, los prelados parecen fuera de la realidad, bajo los efectos del soma huxleyano, quizás para no ver la realidad, dicho esto con todo el respeto.
Un ejemplo lo tenemos en las declaraciones realizadas por el Cardenal Rouco Varela, previas a su participación en la apertura del curso académica de la Universidad Pontificia de Salamanca. El Presidente de la CEE confía en que habrá unas «generaciones de jóvenes en toda Europa más abiertas a la maternidad que las generaciones anteriores», así como que los jóvenes «lleven la fe a fondo» y que se produzcan por ende «muchas vocaciones» sacerdotales y matrimoniales, todo ello como producto de una evolución de la sociedad actual.
Desconozco las fuentes que maneja D. Antonio María para realizar esta predicción pero, desde luego, la situación actual no invita a ese optimismo del que hace gala el Cardenal de Madrid, sino más bien a lo contrario. Hay cuestiones que ya están asumidas en este organismo social degradado, como puede ser el divorcio, la promiscuidad, el aborto y la cultura homosexual, por poner algunos ejemplos.
¿Se desarrollará la sociedad en un sentido contrario al que lo está haciendo ahora - y digo desarrollar porque evolucionar implica un cambio a otra cosa -? En el caso de hacerlo habría que explicar el cómo y el porqué, que es lo que no ha hecho el Cardenal de Madrid.
Evidentemente, sería deseable que se produjese esta renovación de la que habla el Cardenal de Madrid, pero la realidad es tozuda y no se deja torcer el brazo. Las cosas son como son, no como queramos que sean.
Lo contrario es, sencillamente, voluntarismo.
p.s. Hoy nos hemos enterado que la Misa Usus Antiquior dejará de celebrarse diariamente en las Salesas de Madrid. Una lástima.
Los obispos siguen sin comprender que la lucha que vive hoy la Iglesia, principalmente, es litúrgica. No es una mera cuestión estética o histórica, para contentar a algunos nostálgicos, no. Hablamos de más, de mucho más: del culto a Dios.
Sin embargo ellos no se dan cuenta.
O no se quieren dar cuenta.
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