miércoles, 30 de junio de 2010

Fiesta de los Santos Apóstoles, Pedro y Pablo



Sin duda alguna, amadísimos, que el mundo entero toma parte en las solemnidades religiosas, y que una piedad fundada en una misma fe exige que se celebre en todas partes, con júbilo común, lo que se realizó para la salvación de todos. Esto no obstante, la fiesta de hoy, además de que se ha hecho digna de ser objeto de una veneración especial, acompañada de una alegría particular, de modo que allí donde murieron tan gloriosamente los dos principales apóstoles, haya, en el día de su martirio, mayor explosión de gozo.
Porque ellos son, ¡oh Roma!, los dos héroes que hicieron resplandecer a tus ojos el Evangelio de Cristo, y por ellos, tú, que eras maestra del error, te convertiste en discípula de la verdad. He ahí tus padres y tus verdaderos pastores, los cuales, para introducirte en el reino celestial, supieron fundarte mucho mejor y mucho más felizmente que los que se tomaron el trabajo de echar los primeros fundamentos de tus murallas, uno de los cuales, aquel del cual procede el nombre que llevas, te manchó con la muerte de su hermano. He ahí esos dos apóstoles que te elevaron a tal grado de gloria, que te has convertido en la nación santa, en el pueblo escogido en la ciudad sacerdotal y real y, por la cátedra sagrada del bienaventurado Pedro, en la capital del mundo; de modo que la supremacía que te viene de la religión divina, se extiende más allá de lo que jamás alcanzaste con tu dominación terrenal. Sin duda que con tus innumerables victorias robusteciste y extendiste tu imperio tanto sobre la tierra como por el mar. Sin embargo, debes menos conquistas al arte de la guerra que súbditos te ha procurado la paz cristiana.

Para extender por todo el mundo todos los efectos de gracia tan inefable, preparó la divina Providencia el imperio romano, que de tal modo extendió sus fronteras, que asoció a sí las gentes de todo el orbe. De este modo halló la predicación general fácil acceso a todos los pueblos unidos por el régimen de una misma ciudad. Pero esta ciudad, desconociendo al autor de su encumbramiento, mientras dominaba en casi todas las naciones, servía a los errores de todas y creía haber alcanzado un gran nivel religioso al no rechazar ninguna falsedad. Así, cuanto con más fuerza la tenía aherrojada el diablo, tanto más admirablemente la libertó Cristo.

Homilía en la fiesta de los santos apóstoles Pedro y Pablo. Segundo Nocturno Maitines, Fiesta de San Pedro y San Pablo. Breviarium Romanum.

San León Magno, Homilías sobre el año litúrgico, BAC, 1.969. pp. 354 - 355



Decora lux aeternitatis, auream
Diem beatis irrigavit ignibus,
Apostolorum quae coronat principes,
Reisque in astra liberam pandit viam.

Mundi magister, atque coeli janitor,
Romae parentes, arbitrique gentium,
Per ensis ille, hic per crucis victor necem
Vitae senatum laureati possident.

O Roma felix, quae duorum principum
Es consecrata glorioso sanguine:
Horum cruore purpurata ceteras
Excellis orbis una pulchritudines.

Sit Trinitati sempiterna gloria,
Honor, potestas, atque jubilatio,
In unitate quae gubernat omnia,
Per universa saeculorum saecula.
Amen.


La admirable luz de la eternidad
derrama su dulce brillo sobre el día feliz
en que los príncipes de los Apóstoles reciben su corona;
y en que se los pecadores, ven abrirse anchuroso el camino del cielo.

Ambos son, el doctor de las gentes y el portero del cielo,
los padres de Roma y los jueces de los pueblos.
Ambos vencieron a la muerte por la espada o por la cruz,
y coronados de gloria tienen su asiento en la vida.

Oh feliz Roma, consagrada
por la sangre gloriosa de dos Príncipes;
cubierta de la púrpura de su sangre,
con ellos sólo superas todas las hermosuras de la tierra.

A ti, oh Trinidad, sea por siempre la gloria,
El honor, el poder y la alabanza jubilosa.
A ti, que todo lo gobiernas en la unidad,
Por todos los siglos de la eterna duración. Amén.

Himno de Vísperas, siglo VI (atribuido a la esposa de Boecio).

Misal Diario y Vesperal, Dom Gaspar Lefebvre, décimo quinta edición, 1.962.

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